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Deguerra

La batalla de las Termópilas

Dibujo película 300

La lucha en las Termópilas ha pasado a la historia del imaginario colectivo de la cultura occidental como uno de los acontecimientos heroicos en la guerra que protagonizaron griegos y persas. Su origen se remonta a las generaciones posteriores a la batalla donde se propagó la creencia de que los espartanos lucharon como uno solo, sacrificando sus vidas sin retirarse. Una leyenda que terminó calando en la cultura griega de la que somos herederos. ¡Nunca una derrota había sido tan gloriosa!

El paso de las Termópilas es un corredor atrapado entre montañas a un lado, y el mar al otro, que está situado a 150 kilómetros al norte de Atenas. El desfiladero se estrecha en varios puntos y es en uno de ellos, la llamada “Puerta Central”, donde los griegos organizaron la resistencia. Además de esto, las Termópilas es el último paso antes del istmo de Corinto, por lo tanto se convertía en el punto más óptimo para enfrentarse al temido ejército del Imperio persa.




ÓLeo de Jacques Louis David. Leónidas en las Termópilas
Leónidas en las Termópilas. Óleo de Jacques Louis David. 1814

Lo que ocurrió después ya es una leyenda viva que ha inspirado obras literarias, pictóricas, musicales, poéticas, fílmicas y ha atravesado la barrera del tiempo para llegar a nuestros días y seguir inspirándonos.

El Imperio persa

El nacimiento de lo que posteriormente se denominó persas lo podemos situar en un grupo de tribus nómadas de origen indoeuropeo situados en la actual Irán que terminaron mezclándose con los pueblos que fueron conquistando en la época aqueménida.

La expansión persa comienza a intensificarse con las victorias de Ciro II El Grande (559 – 530 a. C.), cuyas fronteras expandió más allá del Próximo Oriente hasta el Golfo Pérsico. Y esto fue gracias a un ejército muy profesional que poseía una excelente infantería, con gran maestría en el uso del arco y la honda.

Ciro lideró a su pueblo venciendo a los medos del norte y luego se dirigió rumbo al este para conquistar Babilonia (539 a. C.). Posteriormente fue sometida Lidia, una región situada al oeste de Anatolia. Los persas entraron por primera vez en conflicto con los griegos debido a la revuelta de este estado que finalmente fue sofocada. Se tiene constancia de que los espartanos mandaron una embajada a Ciro advirtiéndole de que se mantuviera alejado de los griegos. Su glorioso reinado se truncó con su muerte en la batalla con los masagetas en el 530 a. C.

Su hijo Cambises II siguió la inercia de expansión de su padre y conquistó Egipto en el 525 a. C. gracias a una armada que construyó para remontar el Delta del Nilo.

Tras un periodo de revueltas con la muerte de Cambises, Darío (522 – 486 a. C.) ocupó el trono y sometió la mayor parte del actual Pakistán, llegando hasta el Indo. Luego cruzó las estrechas aguas del Bósforo y en el 513 a. C. se produjo la primera internada persa en Europa. Su avance fue frenado por las tribus transdanubianas pero se logró someter a Tracia. Esta conquista fue muy significativa ya que el Imperio persa pone el pie en Europa por primera vez y sus fronteras ya están rozando con las de la Grecia continental.

mapa para localizar
Mapa donde se observa la expansión del Imperio persa

El orígen de las Guerras Médicas

Durante el reinado de Darío se produce la revuelta jónica (499 – 494 a .C.) donde se alzaron los griegos sometidos de Asia Menor. La rebelión triunfó e inmediatamente pidieron ayuda a la Grecia continental que fue respondida por Atenas y Eritrea. Los persas se organizaron y acudieron a sofocar a los estados rebeldes, sometiéndolos uno a uno. Cuando los designios de la guerra apuntaban claramente a los persas, Atenas y Eritrea abandonaron su apoyo.

Darío vuelve a poner su atención en Grecia, ahora con mucha más fuerza tras la intromisión griega en sus asuntos internos. Tracia y Macedonia están en manos persas y constituyen una cabeza de puente para su posterior asalto final.

En el 491 a. C. Persia manda embajadas a todas las polis griegas exigiendo “tierra y agua”, incluido a los espartanos, de lo contrario los griegos tendrían que atenerse a las consecuencias. Atenas y Esparta ejecutan a los emisarios persas y provocan un grave conflicto diplomático. Supuestamente los espartanos arrojan a los enviados a un pozo mientras les conminaban a que cogieran de él la tierra y el agua para su rey.

300. Zack Snyder . MiNeLoSt743

Al año siguiente los persas toman las Cícladas, Caristo y Eritrea en Eubea. Atenas se apresta a defenderse y junto con sus 10 000 aliados platenses marchan al encuentro de los invasores derrotándolos en la batalla de Maratón (490 a. C.). Este enfrentamiento dio un golpe de moral a los griegos, pero la realidad era que solo fue el comienzo. Maratón para los persas significó un revés sin importancia que no había afectado a sus recursos ni a su capacidad militar.

La muerte de Darío y la subida al trono de Jerjes I (486 a. C.) sería un punto de inflexión para los acontecimientos que se iban a desarrollar en un futuro próximo. El nuevo rey estaba ya decidido a conquistar Grecia, pero una revuelta en Egipto en el mismo año de su entronización retrasó los planes.

En el año 481 a.C., tras sofocar la revuelta egipcia, ya estaba todo preparado para la conquista. Jerjes no perdió ni un minuto de tiempo y sus ejércitos tendieron un puente doble de naves a través del Helesponto y se construyó un canal a través del istmo que conectaba la península del monte Atos con la Calcídica para acelerar el traslado de tropas a Grecia.

Y finalmente los ejércitos comandados por el mismísimo rey Jerjes llegan a Grecia a través de Tracia y Macedonia en el 480 a. C. decididos a someter a todas las irredentas polis griegas. A partir de aquí las Termópilas y el desarrollo de las Guerras Médicas comenzarán a formar parte de la historia.

Jerjes I, el Gran Rey de los persas

Jerjes (519 – 465 a. C.) fue el primer hijo varón de Darío y Atosa y designado sucesor por su padre, del que también heredó los planes de conquista de Grecia. Propósito que tuvo que postergarse tras las revueltas en Egipto y Babilonia, como señalamos antes.

El Gran Rey siempre será recordado por su fracaso en la empresa griega, del que surgió el mito de las Termópilas, y por la pérdida de Macedonia, Tracia y la Anatolia del Egeo. Pero para ser justos, su reinado no se caracterizó por ser una etapa de inestabilidad y descomposición, sino lo contrario.

En gran medida seguimos influidos por la imagen que del rey persa nos han trasmitido los autores griegos. La figura de déspota oriental no sería un retrato muy real, aunque sin descartar cierta arrogancia propia de cualquier soberano de la época. Si nos atenemos a los hechos históricos y no al relato griego, encontramos a un Jerjes constructor, y así era visto por su pueblo. Las edificaciones más importantes de la capital, Persépolis, fueron completadas durante su reinado, como la maravillosa Sala de Audiencias.

Heródoto definió a Jerjes como rey débil y mujeriego, quizás condicionado por la visión que los griegos tenía de la corte persa: llena de lujos, vino y placeres con numerosas mujeres esclavas. El rey sería preso de todos estos vicios carnales a la vez que es manipulado por las maquinaciones de los eunucos. El origen de esta visión estaría en la fascinación griega por la riqueza y placeres que conformaban el séquito persa.

Todo lo que se ha explicado anteriormente es la causa por la que Jerjes se nos muestre como un hombre cobarde y afeminado, en contraposición, claro está, a los rasgos masculinos y heroicos de los griegos. Estos esteriotipos se observan de forma muy nítida en el siguiente fragmento de la película estadounidense 300 (2006):

300 (2006). Zack Snyder. David H

Jerjes y su hijo mayor serán asesinados en un golpe de estado en el 465 a. C., un hecho muy frecuente en la monarquía persa.

Esparta




En sus orígenes, era un conglomerado de cuatro asentamientos al que se añadió un quinto posteriormente. Esparta era una diarquía (monarquía dual), una forma de estado muy inusual durante toda la Historia, que no se sabe con certeza cómo surgió. Hay una teoría que fundamenta su aparición en dos tribus, cada una de ellas lideradas por un jefe tribal, que a la larga se unirían y se distribuirían el reinado. Ambos reyes compartían idénticos poderes, privilegios y obligaciones, con un liderazgo hereditario pero no monárquico.

Mapa de la península del Peloponeso, donde se localizaba la antigua ciudad estado de Esparta.

El edificio político espartano poseía unos cimientos de base tribal que se reflejaban en una asamblea y un consejo:

  • Consejo de Ancianos (gerusía): estaba formado por los dos reyes y 28 miembros elegidos a perpetuidad de entre los espartanos mayores de 60 años. Las funciones de este consejo siguen sin estar muy claras aunque puede ser que gestionaran asuntos de política interna y tuvieran cierta influencia y poder sobre los reyes.
  • Asamblea de Guerreros (Apella): compuesta por los guerreros espartanos con al menos 30 años de edad. Esta asamblea elegía a los miembros para el Consejo de Ancianos, tenía la última palabra en materia de leyes y política y designaba a los Éforos.
  • Los Éforos (“supervisores”): eran 5 miembros en total elegidos libremente una vez al año. Se encargaban de la mayor parte de las cuestiones diarias del Estado; presidían las reuniones de la Asamblea de Guerreros; recibían a los embajadores extranjeros; transmitían órdenes a los comandantes en el campo de batalla. Parece ser que los reyes espartanos se doblegaban a la voluntad de los Éforos.

La información que tenemos sobre la antigua Esparta nos ha llegado de autores griegos como Tucídedes y, sobre todo, Heródoto, que nos relataron muchos aspectos de su singularidad con respecto a las demás polis griegas.

Leónidas, rey de Esparta

Leónidas, rey de Esparta (489 y el 480 a. C.), fue hijo de Anaxándridas, su padre y rey entre el 560 y el 520 a. C.; el nombre de su madre se desconoce. Anaxándridas tuvo varias mujeres por lo que el rey espartano tuvo hermanos cuyas madres eran distintas a la suya. Cleómenes era uno de ellos. Fue su antecesor en el trono e hijo de la segunda esposa de Anaxándridas. Según la versión oficial, Cleómenes se suicidó en un acto de locura, aunque este hecho no descarta otras causas más fehacientes. Quizás fue un asesinato orquestado por su hermano Leónidas, pero no se sabe con certeza. Se casó con Gorgo, hija de Cleómenes, con la que tuvo un hijo llamado Plistarco, que lo sucedió en el trono tras su muerte en la batalla con los persas.

Tampoco hay mucha información acerca de la experiencia militar de Leónidas previa a la batalla de las Termópilas, aunque podría haber participado cuando era joven en guerras menores como las que se sucedieron contra los atenienses.

Leónidas y sus 300 son los espartanos más conocidos por el acontecimiento histórico que relatamos. Su figura se ha ensalzado hasta la posteridad reflejando los valores tradicionales que la cultura occidental ha establecido como los correctos: liderazgo, valentía, masculinidad, heroicidad y resistencia; y además ha sido utilizado para inspirar muchos movimientos políticos posteriores que vieron en sus hazañas un ejemplo de lucha por la libertad y contra la opresión.

El ejército del Imperio persa




Ciro fue el primer rey capaz de someter y unificar a ese pueblo de montaña que habitaba las regiones de la actual Irán y alrededores. Creó un ejército aqueménida formado por guerreros iraníes con los cuales Darío, posteriormente, expandiría los límites del Imperio persa. Se creó entonces un ejército regular compuesto de persas, medos y guerreros de todas las naciones subyugadas. De entre todos los grupos que lo conformaban, los medos eran los más numerosos dentro del ejército, seguidos por los escitas, los bactrianos y los hircanios.

Ejército regular

A diferencia de los griegos, el ejército persa se componía de una infantería, una caballería (en la que en ocasiones se incluían camellos) y una de carros (estos terminaron siendo más bien elementos decorativos que armas funcionales).

La organización del ejército persa se basaba en un sistema decimal que se muestra a continuación:

  1. Dathaban (unidad de 10): unidad táctica básica de 10 hombres al mando del dathapatish (comandante de la decena).
  2. Satabam (unidad de 100): la formaban 10 dathabam. Estaba al mando de un satapatish, su comandante.
  3. Hazarabam (unidad de 1000): compuesta por 10 satabam y la comandaba un hazarapatish.
  4. Baivarabam (unidad de 10 000): compuesta por 10 hazarabam y dirigida por un baivarapatish.

Era un ejército profundamente piramidal dirigido por un comandante supremo denominado spadapatish. Un rasgo característico de los persas era que tanto el rey como los comandantes más importantes solían participar en las batallas y morían junto a sus soldados, tal y como le sucedió a Ciro en Escitia.

Los nobles se preparaban concienzudamente para la guerra. Eran entrenados en el arte de la caza, en el manejo del arco, en el lanzamiento de la lanza y la jabalina y aprendían a ser buenos soldados y grandes líderes. Las penalidades que padecían en su formación desde jóvenes nos hacen recordar la que también sufrían los espartanos.

Infantería persa

Los soldados que conformaban la infantería persa portaban la akinakes, una daga larga y recta de doble filo; una lanza corta; un carcaj lleno de flechas de caña con puntas de hierro o bronce y un arco compuesto. También llevaban lo que se denominaba gorytos, una especie de carcaj que llevaban puesto en la cintura y que poseía dos compartimentos: en uno se colocaban las flechas y en el otro estaba el arco.

El arco compuesto que utilizaban era bastante largo y al ser más ligero, el alcance de sus flechas era mayor. Pero era el entrenamiento de los arqueros el que marcaba la diferencia en el campo de batalla respecto a los del bando enemigo. El arco era un símbolo tan importante para los persas como lo era la lanza para los griegos.

El soldado persa se protegía con un ligero escudo de mimbre, fabricado con cañas, que era los suficientemente capaz de detener las flechas, lanzas y espadas enemigas. No obstante el escudo persa era más pequeño que el griego y podía tener forma redonda o cuadrangular.

La infantería no solía utilizar armadura. La protección la usaban únicamente los contingentes egipcios y mesopotámicos del ejército persa. Esto era debido a que confiaban mucho en la lluvia de flechas que lanzaban para masacrar a su contrincante. A esta táctica le daban mayor importancia que a la lucha cuerpo a cuerpo. Como veremos más adelante, los griegos supieron aprovecharse de este factor durante las Guerras Médicas.

«Era tal el número de bárbaros, que cuando disparaban sus flechas el sol se oscurecía»

Heródoto de Halicarnaso

A pesar del volumen de flechas que lanzaban, los espartanos eran capaces de protegerse del ataque. Las flechas ligeras persas no podían penetrar sus escudos y armaduras, tal y como sucedió en el paso de las Termópilas.

Soldados persas Inmortales

Los Inmortales (Amrataka en persa) los componían 10 000 soldados de élite de la infantería. Era una unidad muy bien entrenada de hombres de etnia persa.

Inmortales persas. Museo de Berlín

Su uniforme de campaña más común era una túnica holgada hasta las rodillas, pantalones ceñidos y botas blandas de piel. Sobre la cabeza la tradicional tiara persa, una capucha de tela con tres orejeras, una de las cuales caía sobre el rostro para proteger al soldado del viento y del polvo. Solían llevar lanzas como el arma común.

Dentro de los Inmortales existía otro grupo de élite: 1000 lanceros, los más preparados y valientes de Persia. Se encargaban de proteger al Gran Rey.

Para garantizar su lealtad, los Inmortales eran seleccionados de los más profesionales, motivados y disciplinados de las clases plebeyas persas (a diferencia de los restantes oficiales que procedían de las clases nobles), y su comandante, el hazarapatish del Imperio, poseía una gran influencia y poder político debido, lógicamente, a dirigir a este poderoso grupo de soldados.

El término “Inmortal” no lo adquirieron únicamente por su destreza militar en el campo de batalla, sino porque los caídos en la guerra eran inmediatamente reemplazados por otros soldados reclutados. Demostraron ser muy eficaces en la guerras de expansión persas, pero no así en Grecia, donde quedó claro que eran soldados que sangraban igual que los demás. Sus dos fracasos más sonados fueron en la batalla de Maratón y, como posteriormente veremos, en las Termópilas.

La caballería persa

En las conquistas persas, la caballería fue un elemento fundamental en las numerosas victorias. Ciro fue el primer rey que organizó la primera caballería y se cree que fue creada a partir de la excelente caballería meda. Los jinetes persas normalmente eran equipados como a los soldados de a pie, aunque con algunas diferencias: llevaban consigo dos jabalinas de madera, de entre un metro y medio o casi dos de longitud, con puntas de bronce o de hierro. Las utilizaban para ser lanzadas o cargar con ellas.

Soldados persas. Sección del sarcófago de Alejandro (Estambul, Museo de Arqueología)

Algunos jinetes llevaban las tiaras pero otros optaban por cascos de bronce. También podían llevar corazas de lino reforzado que, aunque no ofrecía una protección tan eficaz como el bronce, eran más ligeras y cómodas de llevar. Las corazas de lino eran las más habituales pero algunos jinetes de la caballería persa optaban por las de metal.

A día de hoy sigue sin estar muy claro si la caballería persa en época aqueménida portaban escudo o si este, que existía, no era muy habitual. Se cree que se introdujo posteriormente, alrededor del 450 a. C.

Los jinetes persas no ensillaban a sus caballos (como mucho ponían sobre el lomo del animal mantas acolchadas), ni les colocaban herraduras. Y no lo hacían porque eran muy buenos jinetes y realizaban con gran maestría el arte de las escaramuzas: se acercaban y lanzaban sus jabalinas para luego retirarse y volver a atacar. Eran unos adversarios duros en la lucha directa, aunque,
dentro de la táctica general persa, eran utilizados para atacar los flancos del enemigo. La caballería no estaba acostumbrada a los ataques frontales.

Táctica persa

Cuando los persas se encontraban en el campo de batalla, se convocaba un consejo de guerra donde los oficiales planeaban la acción. El ejército se organizaba con la infantería en el centro, flanqueada a derecha e izquierda por la caballería. El comandante en jefe se situaba en el centro de la formación, rodeado de sus tropas.

Cuando el adversario se aproximaba, los soldados persas lanzaban sus flechas para provocar el máximo caos y número de bajas antes del choque. Después dejaban el arco y empuñaban sus lanzas y hachas listos y preparados para cargar, acompañados por la caballería que solía atacar los flancos de la formación enemiga.

La táctica era eminentemente defensiva. Se protegían en formaciones cerradas tras sus escudos, lanzando flechas intermitentemente desde la distancia. Este estilo de lucha le fue muy efectivo en Asia, pero no tanto en Grecia. En el cuerpo a cuerpo, la escasa protección que portaban los soldados persas los hacían inferiores. En las sucesivas batallas con los griegos esta desventaja la suplían lanzando lluvias de flechas que obligaban a la formación hoplita a detenerse y protegerse con sus escudos. Pero las flechas persas, muy ligeras, a cierta distancia no lograban penetrar las corazas y los aspis (escudos) griegos.

La armadura fue una cuestión de importancia puesto que el ejército hoplita, con una táctica más sencilla y fija, tomaba ventaja a un ejército persa en teoría superior, con un táctica más compleja y un ejército que se movía de forma más flexible en el campo de batalla.

El ejército hoplita griego

Las polis o ciudades estado eran la forma característica de la vida urbana griega. No eran simplemente ciudades sino que se extendían más allá de su suelo urbano e incluía territorios adyacentes donde se integraban numerosas aldeas. El espacio que controlaban y explotaban agrícolamente era motivo de disputa entre las diferentes polis, sobre todo las que colindaban entre sí. Las guerras entre los estados griegos fue una constante a lo largo de su historia.

No había un sentimiento “nacional” o de estado tal y como lo entendemos hoy en día. Las polis se definían por sus miembros: atenienses, no Atenas; espartanos y no Esparta. Sus ciudadanos eran lo más importante y estos servían a su polis tanto en la guerra como en la paz. En una sociedad básicamente agrícola donde predominaba el poder militar al poder político, surge la figura griega del ciudadano-soldado que durante las hostilidades acudía a la leva y durante los periodos de paz trabajaba la tierra.

La infantería hoplita

La base del ejército griego lo formaban los hoplitas, infantería acorazada que luchaba codo con codo en una gran formación conocida como falange (“hilera de hombres”). Para sumar hombres al ejército se hacían levas de ciudadanos en las polis griegas. A partir de los 20 años todo hombre estaba disponible para ser llamado, siendo una obligación y un honor. La deserción conllevaba la pérdida de la ciudadanía.

La infantería hoplita constaba de:

Aspis: escudo grande y redondo de un metro de diámetro que solía pesar unos 7 kilos. Se fabricaba con madera de sauce o de chopo, que era muy flexible, y se forraba con una capa muy fina de bronce. Su parte interior se revestía con una capa de cuero. Los soldados asían el escudo por dos lugares: un brazal en el centro por donde se pasaba el antebrazo, y la empuñadura de la mano en el borde. Puesto cerca del cuerpo, el Aspis cubría al soldado desde la barbilla hasta las rodillas.

Escudo espartano de bronce de la batalla de Pylos, 425 a. C.

Casco de bronce: forjado con una única hoja de bronce, cubría la cabeza del hoplita. Tapaba todo el rostro dejando una pequeña abertura para los ojos, la nariz y la boca. El interior estaba revestido por un forro de cuero que hacía un poco más cómodo llevarlo puesto.

Modelo de casco espartano

Corselete: era una coraza hecha de bronce o de lino, según el caso, que cubría totalmente el torso del hoplita. En la cintura el corselete se cortaba en bandas para facilitar el movimiento de las piernas, quedando una especie de falda.

Knemidas: grebas de bronce que protegían las espinillas. Tenían la forma del músculo de la pierna para que se ajustasen mejor.

Doru: la lanza larga era el arma por excelencia del hoplita griego. Medía unos dos metros y medio de largo, fabricada en madera y culminada por una punta de bronce o de hierro. En la parte inferior también se colocaba otra punta de bronce o de hierro para que actuase de contrapeso y se pudiera dejar hincada en el suelo. La falange utilizaba la doru para cargar con ella o arrojarla como una jabalina.

Kopis: espada pesada de un solo filo diseñada para hacer estocadas. Su utilización en el campo de batalla era más bien secundaria.

Hoplita espartano

Táctica militar

En la formación de guerra de la infantería hoplita era fundamental el escudo. Este le cubría solo el lado izquierdo del cuerpo. Cuando formaban compactos en la batalla, el escudo del hoplita que tenían a su derecha les protegía ese flanco. Este es el motivo de formación tan cerrada: cubrirse en su totalidad los unos a los otros y avanzar como un único soldado.

La falange era una formación en profundidad compuesta por hoplitas en filas de 8 o 12 escudos. Las dos primeras filas utilizaban los doru para ensartar al contrincante, mientras las filas de atrás empujaban hacia adelante con el escudo. En el combate cuerpo a cuerpo las primeras filas trataba de clavar sus lanzas en las partes expuestas o desprotegidas del enemigo. Cuando un hoplita caía era difícil que pudiera levantarse, aunque no estuviese herido. En cuanto uno de los lados de la formación se colapsaba, la batalla solía estar perdida para ellos. Si los derrotados abandonaban el lugar del enfrentamiento, la costumbre griega estipulaba que no fueran perseguidos.

Los espartanos eran famosos por su avance lento y ordenado en el campo de batalla. Marchaban al ritmo de unas flautas y entonando canciones de guerra. Antes de tomar contacto con el enemigo, se profería un grito de guerra al unísono: el pean. Según los autores griegos consistía en un grito sagrado emitido con voz potente destinado a amedrentar al enemigo. Estos rituales en muchas ocasiones surtían efecto a la hora de intimidar al adversario.

300 (2006). Zack Snyder. HattoriHanzo

Ritual

En los enfrentamientos la idea era vencer, más que aniquilar, y esto determinaba que las batallas entre griegos presentaran un fuerte componente ritual. Cuando se reunían los ejércitos para luchar se elegía un terreno llano y favorable para los dos contendientes. La táctica y la estrategia solía dejarse a un lado, lo que convertía la mayoría de las batallas en una especie de escenificaciónes muy reales que se fueron transmitiendo gracias a la tradición.

Los griegos luchaban para vencer, eso está claro, pero el ritual que conllevaba era tan importante como el resultado final: la guerra era una cuestión de prestigio más que de supervivencia. Esparta era una excepción a todo esto ya que su infantería sí era permanente, y no de soldados eventuales como ocurría en las demás ciudades griegas.

Existían una serie de reglas que debían respetarse cuando las ciudades griegas entraban en conflicto:

  1. Declaración de guerra antes de iniciar las hostilidades.
  2. Durante las festividades religiosas no se podía luchar.
  3. Los centros sagrados o los heraldos debían ser protegidos.
  4. Los muertos debían ser devueltos a los hogares.
  5. La guerra debía desarrollarse en una estación adecuada.
  6. La persecución a los derrotados era “limitada” tras la batalla.

Estas reglas de juego solo se aplicaban entre griegos y no en las guerras que se libraban con otros pueblos o culturas. Pero no siempre se respetaron, como ocurrió en la Guerra del Peloponeso.

En los conflictos de los griegos primaban los principios y el honor, desdeñando las emboscadas, los engaños y la lucha desde lejos con arqueros y lanzadores de jabalinas. No consideraban honorable los luchadores que no entraban en el cuerpo a cuerpo.

La costumbre espartana

Cuando nacía un espartano, los gerontes (ancianos de la tribu) decidían si debía ser criado, si la salud del recién nacido era buena, o de lo contrario, ser abandonados en una montaña. Desde los 7 años se les sometía a prácticas para endurecerlos y se les educaba para ser guerreros. Durante su educación no se les permitía ningún lujo cotidiano como podría ser el calzado, y se les alimentaba deficientemente.

Cuando superaban todas estas pruebas, a la edad de 20 años, se les incluía en agrupaciones militares, paso previo a adquirir los derechos plenos como ciudadanos. A los 30 años se les consideraba plenamente ciudadanos espartanos y se les entregaba una hacienda para que la trabajasen.

A diferencia de otras polis griegas, la vida espartana giraba en torno a la preparación para la guerra. Su vida dura y llena de pruebas los convertían en buenos luchadores. Es por eso que a día de hoy el término espartano sea sinónimo de austero, sobrio, firme y severo (tal y como lo define la Real Academia de la Lengua Española).

Inicio de la campaña




En el otoño del 481 a. C. el ejército persa se asienta en Sardes para pasar el invierno y seguir instruyendo a las tropas para la campaña que se avecinaba. Heródoto afirma que los persas eran una formidable y espectacular fuerza compuesta por más de 5 millones de soldados, lo que salta a la vista que es una tremenda exageración. Ningún imperio, por extenso y grande que fuese, podría tener semejante número de efectivos en aquella época (sin pesar tan siquiera cómo podría ser la planificación y organización de un ejército de esas dimensiones). Los historiadores actuales cifran en un número más razonable de 80 000 efectivos, compuestos principalmente por fuerzas de ataque iraníes y, el resto, por etnias provenientes de todo el imperio.

Ilustración de la Batalla de las Termópilas

La cifra de la flota persa es más confusa y, si nos fiamos de Heródoto (una de las pocas fuentes de información sobre el conflicto entre griegos y persas), la compondrían unos 1207 trirremes, más otros 120 barcos aportados por los griegos de Tracia y sus islas. Hay que recordar que un trirreme persa de la época podía embarcar a unos 200 hombres, de los cuales 170 eran remeros, y unos 30 guerreros adicionales persas, medos o escitas.

En el 480 a. C. Jerjes y su gran ejército cruzan el Helesponto y avanzan hacia el oeste a través de Tracia y Macedonia; luego giran al sur y se dirigen decididamente a la Grecia continental. El choque entre los dos mundos hará correr ríos de sangre pero también de tinta: las posteriores batallas serán una gran fuente de inspiración para las obras de generaciones futuras. La guerra será primero en las Termópilas.

La Liga Helénica

Mapa de la antigua Grecia

Ante la amenaza que se cierne para toda Grecia, Atenas decidió unirse a Esparta y a sus aliados del Peloponeso, creándose la Liga Helénica. De esta manera estados del sur, centro y norte de Grecia se aprestan a combatir a los ejércitos del bárbaro Jerjes.

En los inicios de la guerra, la defensa griega es más un plan que se va improvisando con los acontecimientos que una verdadera estrategia defensiva bien organizada y planificada para detener al enemigo. Pero surge una pregunta interesante que necesita de una explicación: ¿por qué Leónidas fue con tan pocos hombres bajo su mando a las Termópilas?

Heródoto nos relata que los espartanos solo eran una avanzadilla de un presumible ejército más grande. El plan griego era realmente luchar en las Termópilas con el mayor número de fuerzas posibles. La caída del paso fue para los griegos un acontecimiento inesperadamente rápido.

El retraso en el envío de refuerzos se debió a la celebración del festival dórico de las Carneas, dedicado a Apolo. Durante esta celebración se tenía prohibido ir a la guerra. También se estaba celebrando al mismo tiempo los Juegos Olímpicos Panhelénicos que mantenían ocupados a los varones griegos en edad de luchar.

Estos acontecimientos vinieron a demostrar que los griegos no podían o no sabían organizarse a largo plazo. Sus tradiciones limitaban mucho su capacidad para actuar como uno solo para la defensa de la Grecia continental. Quizás la invasión a gran escala que Jerjes estaba preparando no estaba siendo considerada de forma seria. Los estados griegos se comportaban de la manera que lo hacían cuando se enfrentaban entre ellos, sin ser plenamente conscientes de la naturaleza nueva de la amenaza que se les cernía.

Aun así el plan general  de los griegos no había variado: combatir a los ejércitos persas lo más al norte que fuera posible. En el 481 a. C. se limaron asperezas y la Liga Helénica, reunida en el istmo de Corinto, decidió enviar 10 000 hoplitas para responder al llamamiento de auxilio del estado griego de Tesalia, el primero que sufriría las consecuencias de la inminente invasión.

Se decidió organizar la resistencia en el valle del Tempe,  cerca del monte Olimpo, el principal paso hacia Tesalia. Al ejército hoplita le acompañaba una fuerza de jinetes tesálicos que se retiraron al escuchar las noticias que les llegaban sobre el gran ejército que Jerjes había reunido.

Ante la realidad del abandono tesálico, los griegos cambian de estrategia y deciden montar la defensa en el paso de las Termópilas y trasladar la flota de la Liga Helénica a Artemisio, en la costa norte de la isla de Eubea.

Si los tesálicos no hubieran pedido ayuda, y las diferentes festividades griegas no se hubiesen celebrado en aquel año, es muy probable que los aliados griegos llegaran a tiempo para defender el paso junto a Leónidas. Pero el destino quiso que los acontecimientos fueran otros.

La batalla naval de Artemisio

El enfrentamiento naval de Artemisio se libró simultáneamente a la batalla de las Termópilas. El plan general griego era frenar al ejército persa en las Termópilas y derrotar a su armada en el estrecho de Artemisio, y de camino proteger el flanco del paso por mar para que la posición griega en tierra no fuera bordeada.

¿Por qué los griegos eligieron Aretemisio? Situándose en la punta más septentrional de Eubea, la flota aliada evitaba que los persas rodearan la isla y luego se dirigieran a través del canal interior a la zona costera donde se situaba el paso de las Termópilas. Otra posibilidad es la intención griega de evitar una invasión persa de la isla donde se situaban Eritrea y Calcis, dos estados griegos miembros de la Liga Helénica. Si la isla era tomada las tropas de Jerjes avanzarían hacia el sur y cruzarían hacia el Ática.

Antes del enfrentamiento naval, los persas habían perdido 400 de sus trirremes como consecuencia de una tormenta en la costa de Magnesia. Pero lograron atracar en Afetas, en la punta más al sur de Magnesia, y justo al otro lado de Artemisio.

Los persas enviaron 200 trirremes en una extensa maniobra para rodear la isla por el este y cortar la ruta de retirada de la flota helénica por el canal interior. Los griegos por su parte no se lo pensaron mucho más y dirigieron sus naves directamente hacia las del enemigo. Las tripulaciones persas, que no daban crédito a lo que estaban viendo, pues la inferioridad griega en número de trirremes era más que evidente, dirigieron con gran confianza sus barcos contra ellos.

Los persas rodearon a las naves griegas y se aprestaron a embestir con fuerza a la formación enemiga. Ante las circunstancias que se estaban produciendo, los griegos abandonaron su formación en línea y, en palabras de Heródoto, “formaron en un círculo cerrado con las proas hacia fuera y las popas hacia el centro”. La forma de “círculo” es probable que fuese exagerada debido a la envergadura de la flota, pero sí es más razonable que los griegos adoptaran la formación en forma de arco con las proas en dirección al enemigo. De esta manera evitaban ser rodeados y, obligando a los persas a embestir proa con proa, disminuían la superioridad del enemigo.

Movimientos de las flotas persa y griega en la batalla de Artemisio

La formación en semicírculo había conseguido equilibrar un poco más las fuerzas. Con la llegada de la noche los persas se retiraron sin 30 barcos de los suyos, hundidos y capturados por la flota helénica. Durante esa misma noche se desató una gran tormenta en las costas de Eubea. En cierto modo benefició a los griegos: la flota persa de 200 trirremes enviada para rodear al enemigo fue arrastrada hacia las rocas y destruida completamente.

Segundo día

Durante el segundo día no tenemos mucha información de los acontecimientos que se desarrollaron ya que Heródoto no ofrece muchos detalles. Parece ser que persas y griegos rehusaron atacar, al mismo tiempo que los dos contrincantes recibieron la noticia de la destrucción de la flota persa debido a la tormenta.

Este mismo día, mientras los espartanos seguían resistiendo en las Termópilas, la flota griega recibió un refuerzo de 53 trirremes procedentes de Atenas. Los griegos partieron para destruir a unos barcos cilicios que quizás fueran supervivientes de la tormenta, o simplemente estarían descolgados de la flota persa. Tras ser destruidos, los trirremes de la alianza griega volvieron a Artemisio.

Tercer día

El tercer día fue decisivo. Los almirantes persas, frustrados por los escasos resultados que estaban obteniendo, sobre todo con la superioridad numérica de la que gozaban, y quizás temiendo la reacción de su rey, salieron de la costa de Magnesia y tomaron la iniciativa.

Ante la llegada del enemigo, los griegos decidieron en un primer momento no abandonar la costa de Artemisio. Pero conforme avanzaban los trirremes persas se hizo cada vez más patente que podrían terminar siendo rodeados. Se cambió la orden y la flota salió a mar abierto con todas sus fuerzas en busca del choque directo.

La batalla se tornó violenta y confusa, pero ninguno de los dos contendientes se vio superado, manteniendo sus líneas durante todo el día. Cuando se separaron, ambas flotas habían sufrido cuantiosas pérdidas.

Modelo de Trirreme griego

Si bien los griegos, con inferioridad numérica, habían sabido llevar la batalla naval con maestría, lo limitado de sus fuerzas le impedía un tercer choque que podría implicar la destrucción completa de su armada. También llegaron las noticias del exterminio de Leónidas y sus soldados en las Termópilas, por lo que ya no tenía mucho sentido seguir aguantando en Artemisio. Siendo conscientes de que la retirada significaría dejar el camino libre al enemigo en Eubea y el Ática, los trirremes pusieron rumbo al sur y abandonaron el campo de batalla. Los persas tenían el camino despejado hacia Atenas.

La batalla de las Termópilas




«Que cada uno de vosotros permanezca en su puesto firmemente apoyado en el suelo con los dos pies, mordiéndose el labio»

Poeta Tirteo

La historia que quizás vagamente tenga en mente todo el mundo acerca de lo que ocurrió en las Termópilas seguramente incluya el elemento de destino trágico e inevitable de los hombres que acudieron a luchar contra el ejército persa. Y es normal esta visión, de hecho es la que los autores griegos clásicos nos legaron. Como ejemplo claro está la historia que Heródoto nos relata sobre el Oráculo de Delfos y como su consulta arrojó más pesar a los soldados espartanos. También el autor griego nos cuenta que Leónidas estaba convencido de que se dirigía a una muerte segura.

Pero nunca nada es inevitable, en la propia historia como en la vida. Siempre hay alternativas y caminos diferentes por donde transitar. Y Leónidas escogió uno de ellos: morir junto a sus hombres. Pero este final podría haberse evitado.

De hecho los espartanos acudieron al paso de las Termópilas convencidos de que podrían vencer. La estrategia era factible y el terreno escogido para luchar, muy reducido, ayudaría a los escasos soldados que Leónidas tenía bajo su mando a vencer a los ejércitos de Jerjes. El cuello de botella que planearon ayudaría a equilibrar las fuerzas, y hombre contra hombre, las posibilidades griegas aumentaban.

El desfiladero de las Termópilas es un estrecho corredor encajado entre los montes Calidromo, a su izquierda, y el mar, a su derecha. A lo largo de todo el corredor las montañas se acercaban más al mar en tres puntos, denominados Puerta Oriental, Puerta Central y Puerta Occidental.

La Puerta Occidental y la Puerta Oriental eran puntos más estrechos que la Puerta Central. Pero fue en este último, a pesar de ser un paso más ancho, donde Leónidas decidió apostar a sus tropas. ¿Por qué hizo esto?

Si bien es verdad que los demás pasos eran más estrechos y, por ende, más fáciles de defender, la Puerta Central ofrecía una ventaja mayor: los montes situados a su lado izquierdo eran muy escarpados, lo que aseguraba la protección del flanco izquierdo espartano. En las demás puertas las pendientes no eran tan empinadas y se corría el riesgo de que los enemigos pudieran trepar sobre ellas.

Pero existía una ventaja adicional: un muro antiguo que, aunque derruido, podría ser reconstruido y servir de defensa. Este muro fue levantado por los focenses para defenderse de los tesalios.

Los espartanos acudieron a la batalla confiados en que su destino podría ser la victoria. Aunque la leyenda posterior nos relate el sacrificio heroico, la realidad es que la motivación era alta, y la estrategia muy bien planificada.

No hay motivo alguno para creer que los soldados espartanos pensaran que estaban condenados, excepto el último día de lucha, dada las circunstancias que posteriormente se relataran.

Los 300 espartanos

Mientras que se reconstruía el muro focense en ruinas, Leónidas fue divisando varios senderos que rodeaban la posición de sus tropas hacia el sur y hacia el oeste. El más peligroso de ellos, el sendero de Anopea, amenazaba su estrategia. Es por eso que el rey espartano mandó situar allí a 1000 hoplitas focenses para que vigilaran el sendero.

Finalmente, las huestes persas llegaron a las Termópilas. Se produjo entonces un impás de 4 días antes del enfrentamiento. Los persas contemplaban el muro focense mientras que sus exploradores informaban de que los espartanos se dedicaban a hacer ejercicio.

Jerjes mandó varios emisarios para convencer a los griegos de lo bien que les iría retirándose, prometiéndoles más posesiones y tierras. La respuesta de Leónidas la encontramos definida en la versión de Plutarco: “ven a por ellas”.

Heródoto cuenta que la pausa de 4 días se debió a que los persas aguardaban a que los griegos, ante el inmenso ejército que se les echaba encima, terminarían por darse cuenta del error que estaban cometiendo y abandonarían la idea de resistir.

En cualquiera de los casos anteriormente expuestos, lo único seguro es que Leónidas y sus soldados no se les pasó por la cabeza abandonar. El enfrentamiento daba comienzo.

El primer día

A primera hora de la mañana del quinto día desde la llegada del ejército persa, Jerjes ordenó un ataque frontal. Contingentes medos y quisios cargaron contra los escudos y lanzas griegos. A continuación se produjo una épica batalla que comenzó a poner en evidencia que el lugar elegido por Leónidas para combatir les estaba dando resultados. Los soldados persas no pudieron aprovechar su superioridad numérica como consecuencia de lo reducido del terreno.

En las Termópilas. Cuadro de Juan José Zapater

Pero los griegos también sorprendieron con su táctica sobre el terreno. Siendo conscientes de sus propias capacidades y entrenamiento, en un alarde de profesionalidad y coordinación, los hoplitas atacaban para posteriormente retirarse. En la retirada eran perseguidos por los soldados enemigos que veían sorprendidos como los hoplitas se volvían para cargar de nuevo contra ellos. La carga se realizaba entre el desorden persa producido por la persecución, causándoles muchas bajas. Cuando efectuaban la carga volvían a retirarse, y así constantemente.

Esta estrategia, además de provocar un choque cuerpo a cuerpo con la infantería persa que les beneficiaba, impedía que los arqueros enemigos tuvieran durante mucho tiempo un objetivo estático para su lluvia de flechas.

El primer día de batalla fue un éxito estratégico griego. Al mismo tiempo que la flota aliada en Artemisio había resistido, Leónidas y sus hombres hacían lo mismo en las Termópilas. Y con este panorama tan poco favorable, Jerjes decide no dilatar más el asunto y manda enviar a sus tropas de élite, los Inmortales, que marcharon contra el enemigo el segundo día.

El segundo día

La segunda jornada de lucha discurrió por los mismos derroteros que el día anterior, solo que el nerviosismo y la frustración del Gran Rey fue en aumento. El choque de ambos contingentes fue duro. Los griegos, con el propósito de que el cansancio no les pasara factura, llevaban a cabo relevos en la primera línea cada cierto tiempo. Por su parte los persas eran incapaces de romper las líneas de su contrincante. La batalla estaba en punto muerto. Las bajas griegas y persas fueron en aumento.

Dibujo realizado en la pared basado en la película 300. Obra de Señor Codo

Los persas no cambiaron su punto de vista. Su determinación de arrollar a las tropas griegas y seguir su camino quizás no estaba siendo una buena táctica. Hay que poner en relieve la desventaja que en cualquier guerra tiene el invasor con respecto al conocimiento del terreno ajeno. Mucho más en aquella época donde los ejércitos carecían de mapas. Aún así el alto mando persa no pensó en otras posibilidades, como por ejemplo explorar toda la zona de enfrentamiento en busca de lugares más favorables a sus tropas, o de caminos alternativos de paso. Desde el primer momento el inmenso ejército del Imperio persa se plegó a todas las condiciones griegas, sin plantearse otras alternativas. Su única estrategia se basaba en la superioridad numérica, un error del que los griegos seguían aprovechándose.

Pero en una guerra, y en todos los bandos, siempre hay traidores y desertores, y esta no sería menos. Un indígena de Traquis, llamado Efialtes, acudió al campamento persa para informar de un sendero en la montaña que llevaría a las tropas de Jerjes a las espaldas de Leónidas y sus hombres.

Con la esperanza y la promesa de grandes recompensas, Efialtes se ofreció a guiar a los persas por esa ruta que, partiendo de la Puerta Occidental, transcurría por una escarpada zona trepando por la ladera izquierda del corredor de las Termópilas, y terminando en la retaguardia griega. Era el sendero de Anopea, donde Leónidas había apostado a los 1000 hoplitas para que lo defendiesen. Efialtes fue acompañado por 10 000 inmortales dispuestos a rodear a los griegos y masacrarlos.

El día definitivo

Justo cuando comenzaba a despuntar el alba los focenses observaron con estupor el avance de los Inmortales que, sin pensárselo ni un instante, descargaron sus flechas contra los que les bloqueaban el paso.

Los focenses pensaron que la avanzadilla había sido enviada para acabar con ellos y se retiraron a unas posiciones más elevadas para defenderse mejor. Los persas no perdieron el tiempo con ellos. Tenían claras las órdenes y prosiguieron la marcha en busca de su objetivo: Leónidas y sus hombres.

Cuando se estaba produciendo el choque entre focenses y persas, el rey espartano ya lo sabía todo. Durante la noche le llegaron noticias de unos desertores y durante el avance persa por el sendero, fue también informado por los vigías que había apostado en las alturas.

Mapa de las Termópilas

El paso de las Termópilas

En el siguiente mapa de la batalla de las Termópilas nos muestra el camino recorrido por los persas para alcanzar por detrás a los soldados griegos.

Desarrollo de la batalla

Leónidas convocó de inmediato un consejo de guerra sobre el terreno. Las tropas griegas estaban divididas sobre si era ya útil quedarse y ser masacrados o seguir resistiendo. Heródoto no relata con mucho detalle esa reunión, aunque sin duda tuvo que ser muy tensa. Lo único cierto es que los presentes en ella no aguardaban ya muchas esperanzas.

El rey espartano tomó la decisión de ordenar a sus aliados que se retirasen, a excepción de los 700 tespios y 400 tebanos, que se quedarían a luchar junto a los 300 espartanos y sus esclavos ilotas. Con estas circunstancias, los soldados que se quedaron ya eran plenamente conscientes de su futuro.

La última resistencia

Este sacrificio posteriormente tan mitificado tuvo un objetivo más prosaico: ganar tiempo para que los aliados que Leónidas había mandado retirarse les diera tiempo a escapar. Es muy probable que si todo el contingente de fuerzas griegas abandonaba el campo de batalla, serían más ponto que tarde cazados por la caballería persa e igualmente masacrados.

La decisión de Leónidas fue inevitable pues la contraria, ordenar resistir a sus aliados mientras él y sus hombres se retiraban, no habría sido aceptada y, muy probablemente, tampoco cumplida.

En la mañana de lo que sería el último día de la batalla, los espartanos se prepararon para luchar. Plutarco nos cuenta que Leónidas “ordenó a sus soldados que tomaran el desayuno con la esperanza de que pudieran cenar en el Hades”.

Jerjes por su parte ordenó atacar entrada la mañana, en un intento de coordinar las dos fuerzas que rodearían a los soldados griegos. En una última y desesperada estrategia, Leónidas condujo a sus tropas a las partes más amplias del paso para que todos sus soldados entrasen en acción. Ya no hacía falta los relevos en primera línea, ahora el enemigo les combatiría por todas partes.

Griegos y persas se toparon y estos últimos tensaron sus arcos para la acostumbrada lluvia de flechas. Una vez más Leónidas cambió sus planes, en vez de un avance organizado y compacto, tan característico del ejército hoplita, el rey espartano mandó romper la formación y atacar a toda velocidad. El choque que vino a continuación fue durísimo.

En la confusión y el caos de la batalla, Leónidas no tenía forma de coordinar a sus tropas. La única orden que podía transmitir era su ejemplo de lucha sobre el terreno. La carga rápida de sus soldados había podido evitar las flechas persas, infligiendo además graves pérdidas a la infantería enemiga. Una vez superada la sorpresa, los heridos y muertos en los dos bandos se fueron sucediendo.

Mientras los griegos luchaban desesperadamente, Leónidas cayó. Lejos de la desmoralización general, los hoplitas lucharon ferozmente en torno a su cuerpo, rechazando al enemigo en numerosas ocasiones.

Los soldados consiguieron arrastrar su cuerpo a retaguardia. Sin embargo los Inmortales al fin llegaron y los supervivientes se retiraron a la zona más angosta del paso para seguir aguantando las embestidas del enemigo.

Llegados este punto, los tebanos decidieron rendirse arrojando sus armas y acudiendo rápidamente y con las manos levantadas en señal de rendición hacia los Inmortales que en esos momentos se aproximaban a los griegos por la retaguardia. Algunos de los tebanos al acercarse fueron asesinados a consecuencia de la sed de sangre y venganza de los persas tras días de obstinada resistencia griega.

Heródoto nos relata el trágico final de los que sí se quedaron a luchar hasta las últimas consecuencias. Sin lanzas, los defensores griegos aguantaban con sus espadas; algunos solo con sus propias manos. Los Inmortales, en retaguardia, llegaron al muro focense y lo derribaron, precipitándose sobre ellos.

Hasta el mismo final los persas utilizaron sus flechas para matar a los supervivientes, un dato muy significativo de la importancia que le daban a este tipo de arma.

Con todos los griegos que defendía el paso muertos, al fin Jerjes tenía expedito el paso de las Termópilas.

Después de la batalla




Muertos los defensores de las Termópilas, los persas tenían el camino abierto para atacar el Ática. La mayor parte de la Grecia continental fue sometiéndose al yugo persa durante su avance. Las poblaciones de Tespis y Platea, en Boecia, marcharon al sur a refugiarse en el Peloponeso. También Ática fue evacuada.

Los griegos se aprestaron a crear una nueva línea defensiva en el istmo de Corinto, bajo el mando del hermano de Leónidas. Se congregó un gran ejército dispuesto a parar de una vez por todas al Imperio persa.

La Batalla de Salamina

La flota griega que se había retirado de Artemisio tras la derrota en tierra de los griegos en el paso de las Termópilas, se dirigió a Salamina.

La flota persa tuvo la temeridad de adentrarse en las angostas aguas entre la isla y el continente y entró en lucha con los trirremes helénicos. La superioridad persa se vio disminuida en lo reducido del espacio que les impedía la maniobrabilidad. La confrontación diezmó la flota persa donde empezó a cundir la desmoralización. A pesar de que posiblemente les quedaran más naves que a los griegos, decidieron dar marcha atrás y, cruzando el Egeo, se refugiaron en la costa de Anatolia.

La batalla de Salamina fue un gran triunfo pero no fue el final de la guerra. Aún estaba el imponente ejército enemigo en suelo griego dispuesto a someter a todas y cada una de las polis.

Batalla naval de Salamina

El Gran Rey Jerjes había decidido retirarse junto a la flota  y decidió dejar el mando de sus tropas de tierra al muy capaz Mardonio, primo suyo y principal defensor de la invasión a Grecia.

La batalla de Platea

Durante el parón de invierno Mardonio, convertido ahora en sátrapa de Grecia, trató por todos los medios diplomáticos a su alcance de convencer a Atenas para que se pasara al bando persa. La empresa fracasó y, llegado el verano, se pusieron en marcha de nuevo.

Hay que señalar que estas tentativas casi logran su objetivo de dividir a los griegos. La actitud vacilante de Esparta en algunos momentos, y las amenazas atenienses de hacer una paz por separado, casi rompen la alianza que con tanto esfuerzo se había creado. Los espartanos se dieron cuenta de que sin la flota comandada por Atenas no se podría ganar la guerra. Finalmente se movilizó a todo el ejército, dirigido ahora por el espartano Pausanias, para combatir al invasor.

Mardonio regresó a Boecia para aprovisionar a su ejército y fue allí, a las afueras de Platea, donde tuvo lugar el enfrentamiento. Según Heródoto, en la batalla de Platea participaron casi 40 000 hoplitas, el mayor ejército griego jamás reunido que derrotó al ejército persa y terminó con la invasión.

Batalla de Platea 479 a. C.

El fracaso persa se debió a un factor clave: dejó siempre que el enemigo eligiese el sitio donde luchar. Así como en las Termópilas, en Salamina o en Platea, el ejército persa nunca pudo aprovecharse de sus grandes ventajas: la superioridad numérica y su caballería. Por su parte los griegos, eligiendo siempre terrenos reducidos, anulaban la táctica de su contrincante y entraban en la lucha cuerpo a cuerpo que era más proclive a sus intereses y manera de hacer la guerra.

En Platea, cuando el enemigo huyó, Mardonio se metió en un enfrentamiento mucho más adecuado para los soldados helénicos que para sus tropas, más móviles y armadas con arcos y flechas. El resultado fue la derrota y la muerte del propio Mardonio.

Las Termópilas, ¿mito o realidad?




Una de las fuentes principales que tenemos para conocer la historia de las Guerras Médicas (480 – 478 a. C) es el historiador griego Heródoto de Halicarnaso. Pese a que su obra es un relato muy vivo de lo que ocurrió, no puede tomarse al pie de la letra la última resistencia de los griegos en las Termópilas. ¿Cómo se enteró él de tanto detalle si ninguno de los protagonistas sobrevivió para contarlo? Quizás esto nos abra un abanico más amplio de posibilidades. ¿Realmente murieron todos los griegos que se quedaron a defender el paso? Es muy posible que algunos tebanos, tras decidir que ya era suficiente sacrificio, decidieran deponer las armas antes de que los matasen.

No hay que dudar que en el relato de Heródoto hay un fuerte componente de parcialidad derivado de sus fuentes atenienses. Pero la construcción de la leyenda de las Termópilas ya fue imparable. Para los griegos no solo fue un choque bélico, también se convirtió en una confrontación entre el mundo libre y los bárbaros donde se jugaban la supervivencia. Curiosamente este conflicto ideológico lo hemos visto en las numerosas guerras que se sucederán posteriormente.

Los relatos suelen escribirlos los vencedores y se cargan de pura ideología de los que triunfan. Así nació el discurso central de los griegos durante las Guerras Médicas: una lucha entre hombres libres contra esclavos. Los griegos combatían por propia voluntad, obedeciendo sus leyes y costumbres; los persas sin embargo estaban bajo la coerción del látigo y de los caprichos de un tirano.

¿Cuántos espartanos lucharon realmente en las Termópilas?




Sí, realmente acudieron 300 espartanos, pero al contrario de lo que nos han mostrado numerosos libros y películas, y que también suele estar en el imaginario colectivo, no acudieron solos. Los espartanos estuvieron acompañados de 7 000 griegos aproximadamente, dependiendo de la fuente en la que nos basemos. Estos griegos lucharon y murieron junto a Leónidas y sus hombres, a excepción de los soldados que se retiraron tras la orden del rey espartano.

Desde la salida de Esparta, a los soldados de Leónidas les acompañaron 300 ilotas. Los ilotas espartanos no solo eran esclavos al uso, como en cualquiera de las ciudades estado griegas, también acompañaban a sus señores en campaña, cargaban con su equipo, buscaban provisiones, montaban las tiendas, cocinaban y, cuando sus amos entraban en batalla, luchaban junto a ellos. Heródoto nos narra el valor que demostraron en las Termópilas, sobre todo en los últimos compases de la batalla donde perecieron junto a su Rey.

También lucharon unos 1000 focenses, 900 lacedemonios, más de 1000 arcadios, 700 tespios, 500 matineos, otros 500 tegeatas, 400 tebanos, 400 corintios y, en un número menor, fliuncios, micenos, locros y malianos. La mayoría de estos soldados que lucharon junto a Esparta pertenecían a los estados griegos del Peloponeso.

Era una fuerza considerable pero claramente insuficiente para enfrentarse a un enemigo muy superior. Los autores clásicos no nos despejan la duda sobre un punto importante: ¿Jerjes mandó a todo su ejército a las Termópilas o decidió dejar una parte en la retaguardia?

En cualquier caso los espartanos no estuvieron solos en la lucha, ni en el sudor y la sangre que derramaron, ni en las heridas que padecieron, ni en el miedo a la muerte que sentirían antes del trágico final.

¿Cúantos muertos hubo en la Batalla de las Termópilas?

Sin duda fueron los persas los peor parados en la batalla. Si nos fiamos de las cifras que Heródoto nos proporciona, estaríamos ante 20 000 muertos por el bando persa y 4000 por el griego. Con respecto a los griegos, Heródoto quizás haya exagerado y una cifra menor se acerque más a la realidad. Tenemos que recordar que Leónidas mandó retirarse a un número considerable de sus fuerzas. Además, los focios que guardaban el sendero de Anopea y que se replegaron cuando vieron aparecer a los Inmortales es muy probable que terminasen huyendo sin entrar en combate. Tampoco sabemos si hubo rendiciones el último día o si algunos grupos de griegos huyeron.

Por eso es tan importante no tomar al pie de la letra las cifras que nos han dejado los autores clásicos. Quizás 2000 caídos griegos sea más razonable, pero la falta de pruebas y de más fuentes para poder contrastarlas nos impide ser más precisos.

¿Dónde está hoy en día el paso de las Termópilas?




Para visitar las Termópilas en la actualidad debes trasladarte a Grecia, más concretamente en la región de Tesalia. La mayor parte del terreno no ha cambiado mucho desde la Antigüedad, aunque la costa está más alejada que antaño. La carretera moderna que por allí pasa coincide con la mayor parte de su trazado.

Fotografía del paso de las Termópilas en la actualidad
Fotografía del paso de las Termópilas en la actualidad. Fkerasar / CC BY-SA

Fue gracias al arqueólogo griego Spyridon Marinatos que se descubrió el montículo donde los espartanos resistieron, situado a 15 kilómetros sobre el campo de batalla y que se conoce como la colina de Colonos. En este sitio Marinatos encontró numerosas puntas de flecha persas y una lanza.

En las Termópilas hay en la actualidad tres recordatorios que se alzan en la zona. En 1955 fue inaugurado por el rey griego Pablo un monumento de mármol a los Trescientos, rodeado por una figura de bronce de Leónidas. En la base aparecen escenas de la batalla y la frase de Leónidas ante el requerimiento de Jerjes de deponer sus armas: “ven a por ellas”.

Estatua de bronce de Leónidas

El segundo monumento es una placa de mármol rosado con las famosas palabras del poeta Simónides:

Cuenta a los Lacedemonios,
viajero, que,
cumpliendo sus órdenes,
aquí yacemos

El último y más reciente es una figura de bronce que se colocó en 1996 para recordar el extraordinario valor que exhibieron los tespios, un hecho que a menudo se olvida.

Libros sobre las Termópilas




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Da-Skate: La Batalla de las Termópilas

 ¡Desangrándonos! 
El miedo es de los débiles,
el cielo se torna gris
¡una batalla terrible!
¡Resiste! ¡Resiste!
Y que el sol brille,
y que la fuerza hoy en mi corazón nos ilumine
y en sus manos nos guíe hacia un mundo eterno
¡Es posible!
Y que su espada abriendo mi pecho,
no nos limite a soñar un cielo
en el que nuestros hijos conquisten
¡Enfrentándonos!
Y que hablen los imbéciles,
mi visión se torna gris,
que se apiaden los débiles,
y que la fuerza hoy en mi corazón
nos ilumine...
y en sus manos nos guíe hacia un mundo eterno
¡Es posible!
Y que su espada abriendo mi pecho
no nos limite a soñar un cielo
en el que nuestros hijos conquisten
Y hoy aquí es nuestra muerte o nuestra victoria
¡Resiste!
Que los dioses nos protejan en sus manos
y la fuerza de tu corazón
¡Resiste!
Soñemos con la gloria eterna,
hacia la victoria vamos
¡Resiste! ¡Resiste! ¡Resiste!
Lo siento en nuestra piel.




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La batalla de las Termópilas
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La batalla de las Termópilas
Description
La lucha en las Termópilas ha pasado a la historia del imaginario colectivo de la cultura occidental como uno de los acontecimientos heroicos en la guerra que protagonizaron griegos y persas. Una leyenda que terminó calando en la cultura griega de la que somos herederos. ¡Nunca una derrota había sido tan gloriosa!
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Deguerra

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